Aunque no disponían de grandes casinos, los caballeros de la Edad
Media también buscaron la forma de sacar partido a sus aficiones. En
este periodo, las apuestas se realizaban sobre el tablero de ajedrez. Para
evitar las partidas eternas y resolver rápidamente las apuestas, lo
que se hacía era colocar las piezas en posiciones de final de partida
(eran los conocidos como juegos de partido).
Los que apostaban debían tomar partido o bien en favor de que las
condiciones de mate se iban a cumplir, o bien al contrario, apoyando al jugador
que defendía que la proposición de jaque mate era imposible
de llevar a cabo. Precisamente, la expresión castellana ponerse al
tablero, que significa arriesgar o asumir el riesgo, surgió en esta
época.
El éxito de las apuestas económicas provocó la aparición
de una tercera persona, que actuaba como intermediario o árbitro y
custodiaba el dinero.
Hasta cuatro intermediarios llegaron a participar en algunos enfrentamientos:
el que alquilaba el material de juego, el que estaba pendiente de los resultados,
un tercero que retenía las apuestas y un cuarto que tomaba la licencia
real para abrir el garito.
Los más avispados de la época medieval intentaron, incluso,
hacer el negocio por su lado. Cobraban cifras exageradas por el alquiler del
tablero. Un abuso que obligó a las autoridades a establecer una tarifa.
Si se incumplía, el castigo iba desde la multa económica hasta
los 50 azotes.