ver caricaturas
y fotos curiosas
Anatoli Evgenievich Karpov nació en Zlatoust, un pueblecito de los Urales,
el 23 de mayo de 1951, bajo el signo de Géminis. Cuando sólo tiene
cuatro años, su padre, ingeniero de minas, le enseña a mover las
piezas. Parece como si el ajedrez tuviese prisas en desplegar ante él
todas sus riquezas. Al año siguiente se siente ya con fuerzas para derrotar
a su progenitor. En poco tiempo comienza a ganar ajugadores de mayor edad, aunque
de mediana clase. Asciende a 3ª categoría en 1958, a 2ª en
1959 para situarse en 1ª en 1960. Fue en el año 1961 cuando consigue
sus primeros triunfos balbucientes en los campeonatos escolares de Rusia. Nuevo
ascenso en el año 1962 cuando obtiene el título de candidato.
Al año siguiente, 1963, cae en sus manos una selección de partidas
de Capablanca, que dejarían una impronta en su futuro estilo. Para entonces
ya se ha trasladado a Tula con su padre y su madre, «un ama de casa simpatiquísima»,
al decir de Mikhail Tahl.
La Escuela de Botvinnik
El año 1964 se enrola en la escuela de ajedrez por correspondencia de
la «Sociedad de Deportes Trud». Él la recuerda y describe:
«En nuestro grupo estaba entonces el actual Gran Maestro Yuri Balashov
y el Maestro Yuri Razuvaev. La escuela estaba dirigida por Miguel Botvinnik.
Las vacaciones las pasábamos en Moscú, donde Botvinnik nos daba
clases especiales. Además, nos enseñaba particularmente a cada
uno. Aunque esta escuela no duró demasiado, mis contactos con Botvinnik
fueron para mí una seria aproximación al ajedrez».
Por primera vez, de un modo serio y al lado de un excampeón del mundo,
Karpov se unce al carro triunfal del ajedrez. En su polifacética educación
recibió también lecciones de autodominio y aprendió a controlar
sus nervios. Botvinnik seguirá de cerca a su discípulo en los
años siguientes. Cuando en 1970 vuelva Karpov de Caracas con el flamante
título de Gran Maestro recién conseguido, recibe, ante el asombro
general, la orden de no participar en el campeonato de la Unión Soviética.
¿Razones? Simplemente, a Botvinnik le pareció prematuro.
En 1965 se publica por primera vez una partida en el «Boletín
de ajedrez soviético». A los quince años se proclama el
Maestro más joven de la Unión Soviética al vencer, en Leningrado,
en un torneo de Candidatos contra Maestros, y queda por encima de los veteranos
Ravinski y Cbristiakov. Botvinnik puede vanagloriarse, en su vejez, de haber
dado a Rusia el Maestro más joven. Este mismo año se estrena internacionalmente
gracias a circunstancias bastante curiosas. La Federación Soviética
de Ajedrez recibe una invitación de Checoslovaquia para jugar un torneo.
Los rusos eligen su representante: Karpov. Cuando éste llega al lugar
del encuentro se dieron cuenta de que había habido un error, pues el
torneo no era de juveniles sino para «seniors». Pero ya no quedaba
otra alternativa y había que incluir al juvenil ruso en el torneo. El
resultado fue sensacional: Karpov queda el primero, con 11 puntos, sin haber
conocido una sola derrota. Le siguieron Kupka y Kupreychik con 9,5; Smejkal,
8,5; Novak y Sikora, 8; Augustin, 7,5, etc.
Campeón Juvenil de Europa
A finales de 1967 (diciembre-enero) hace su primera salida a Europa occidental
y se proclama campeón juvenil de Europa al ganar el VI torneo Niemeyer
celebrado en Groningen (Holanda). Totalizó 5,5 puntos de ocho, sin perder
una sola partida. Le siguió a medio punto de diferencia Jocha, de Hungría.
Debido a este triunfo y a su progresivo afianzamiento en el juego, es convocado
al año siguiente (1968) para disputar el match URSS-Yugoslavia que se
celebra anualmente. Su tablero asombra a los mismos rusos: 3,5 puntos de cuatro
posibles, contra Vijakovic. El torneo se celebró en Sukhumi, del 23 de
junio al 1 de julio. Pocas semanas más tarde, Karpov no fue tan afortunado,
perdiendo, en brillante estilo, frente al nuevo astro danés Jacobsen.
El encuentro con Furman
Por esta época ingresa en la Universidad de Moscú, donde cursa
los estudios de Ciencias Económicas. Alli gana el campeonato universitario
con diez puntos sobre trece partidas y sin perder ninguna. A finales del alio
1968 se celebra en Riga el campeonato soviético por equipos. Karpov juega
en el equipo del Ejército en el tablero «junior». Su espectacular
resultado -10 puntos sobre 11 posibles- no pasó desapercibido al preparador
y Gran Maestro Furman quien, desde ese momento, tomó gran interés
por el futuro ajedrecístico de la joven promesa. Este encuentro fue decisivo,
pues Furman era considerado como el mejor teórico ruso de la actualidad.
Ambos iniciaron una preparación a gran escala: nueve horas diarias de
estudio y participación en todos los torneos importantes; estudio y práctica,
las dos ramas recias del ajedrez.
Campeón Juvenil del mundo
En vistas a este campeonato Furman se dedica por entero a la preparación
de Karpov, mostrándole sus puntos fuertes y débiles y valorando
todas sus posibilidades. Se dio cuenta de que el conocimiento de aperturas de
su pupilo era bastante superficial, aunque más que ensanchar su repertorio
intentó profundizar en las teorías de unos cuantos sistemas seguros.
Además, Furman observó que muchos de los jugadores jóvenes
brillaban por sus aciertos tácticos mientras que adolecían de
falta de conocimientos estratégicos; en consecuencia, se propuso construir
con Karpov un juego sólido y posicional: una roca contra la que se estrellaran
todas las lindezas tácticas, pero injustificadas, de sus rivales. Tampoco
descuidó la preparación fisica además de practicar sus
deportes preferidos, como la natación, esquí, ping-pong..., se
fueron a Leningrado a fin de acostumbrarse mejor al clima escandinavo. A pesar
de todo, Furman confesó que Karpov no jugaría al ciento por ciento
de sus posibilidades. ¡Y era una lástima porque Rusia había
dejado escapar el título mundial en tantas ocasiones! Además,
el juego de los jóvenes adversarios era casi un enigma. Sin embargo,
todo le salió redondo al representante soviético y, a pesar de
los nervios y de la sombra preocupante del liderato, Karpov se clasificó
en la fase previa para lanzarse, en la final, victoria tras victoria, hasta
el triunfo defmitivo: ganó las siete primeras partidas e hizo tablas
en la siguiente proclamándose ya campeón a dos rondas del final.
No sólo su magnífico juego sino su modestia le hicieron un triunfador
popular. El campeonato se celebró en Estocolmo, del 10 al 30 de agosto,
y hay que reconocer que en la fase previa la suerte se alió incondicionalmente
con él. El suizo Hug pasó por alto una simple combinación
de mate en dos jugadas y el filipino Torre no le supo vencer en un final con
dos peones de ventaja. Pero no hay que olvidar que la suerte es también
un gran aliado de los grandes hombres.
De vuelta a la patria
Por entonces, Boris Spassky, el joven «prodigio» de Leningrado,
se pone al frente del ajedrez mundial al derrotar a Petrosian. Spassky es un
jugador más fuerte qúe su compatriota. Domina por igual todas
las fases de la partida. El nombre de Spassky sonará por mucho tiempo,
pensaban hasta los menos optimistas. Poro alguien vigila en la sombra. Mientras
a la otra orilla de los Cárpatos los rusos festejan con honores y flores
a su nuevo ídolo que es nombrado el mejor jugador de ajedrez del año,
el norteamericano Fischer, observando con sus gemelos, prepara la ofensiva.
Los rusos lo saben y no dormitan entre los laureles. Por si acaso, piensan en
el relevo, en el sustituto de Spassky. Piensan en Karpov, su nuevo y flamante
campeón juvenil. Regresó éste triunfalmente a Rusia concediéndose
una pausa en sus actividades ajedrecísticas. Se reintegra a sus estudios
económicos en la Universidad de Moscú para trasladarse poco después
a la facultad de Leningrado.
Gran Maestro
Vuelve de nuevo a la liza de los torneos en 1970, quedando primero en el campeonato
de la RSFSR, con punto y medio de ventaja sobre el segundo (Krogius) y sin perder
una partida de las diecisiete en litigio. Son memorables las que ganó
a los Grandes Maestros Krogius y Alejandro Zaitsev. El torneo se celebró
en Kuibischef (mayo-junio). En él se anotó Karpov nueve tablas
y ocho victorias. En junio de este mismo año participa en el torneo de
Caracas, a donde llega en compañía de Stein. Es su primer gran
torneo. La figura fue Kavalek con un brillante primer puesto. Pero Karpov, con
el 4,0/6,0 lugar, obtiene la puntuación necesaria para la calificación
de Gran Maestro. Pierde dos partidas con ocho victorias y siete tablas. Sobre
este torneo comenta él mismo: «Tuve un buen principio consiguiendo
6,5 puntos en las siete primeras partidas; pero mi inexperiencia me aconsejó
mal en aquel momento. ¿Debía jugar a ganar todas las partidas
para conquistar el primer puesto o me debía conformar con la puntuación
necesaria para la norma de Gran Maestro? En este segundo caso se imponía
hacer tablas con los jugadores más fuertes, como por ejemplo Ivkov, y
sacar un punto de los débiles. Sin embargo, cuando Ivkov me ofreció
tablas (yo tenía mejor posición) no las acepté. En aquel
momento sentí como un escalofrío ante mi propia decisión.
Perdí la partida. Al final del torneo repensé mi actitud. Quedé
en cuarto lugar empatado con dos jugadores y habiendo alcanzado la calificación
de Gran Maestro».
Ajedrez, ajedrez y ajedrez
A finales de 1970 sus pasos se cruzan con los de Korchnoi «el terrible»,
en el 38 campeonato de la URSS celebrado en Riga. Karpov queda 5,0/7,0 empatado
a puntos con Gipslis y Savon, aunque jugó con demasiadas precauciones.
Korchnoi, que aún conservaba su piel joven a pesar de sus treinta y nueve
años, se proclamó campeón. Más adelante habrán
de verse las caras en un largo match del que debería salir el aspirante
oficial al campeonato del mundo.
En 1971 se celebra en Deugavpils, mayo-junio, la semifinal del 39 campeonato
de la URSS. En esta ocasión, Karpov juega ya con garra y confianza, creyendo
en la victoria, y logra encaramarse al primer puesto con un punto de ventaja
sobre el 2º, Vaganian, y sin perder partida. Al mes siguiente juega en
Puerto Rico la anual Olimpiada estudiantil, en la que vence la URSS con 29,5
puntos, seguida de USA con 21,5. El resultado particular de Karpov fue de 7,5
puntos sobre ocho. El capitán del equipo, Gipslis, quedó especialmente
impresionado del juego de Karpov: «Karpov ha jugado con fuerza y elegancia.
Casi siempre era el primero en terminar las partidas, en las que no empleó
más de una hora de su reloj. Parecía como si los adversarios no
comprendiesen las ideas deljoven Gran Maestro». De vuelta a la URSS jugó
una vez más en el campeonato soviético por equipos celebrado en
Rostov del 1 al 10 de agosto. Del 16 al 26 de este mismo mes tuvo lugar en Leningrado
el campeonato del Ejército por equipos. Jugando por el equipo de Leningrado
en el primer tablero (el 2º era su entrenador Furman) venció a Tukmanov
y Dementiev, hizo tablas con Vasiukov, Gufeld, Zeschovski y Zeliandinov, perdiendo
su partida con Klovan. Tres semanas más tarde tiene lugar uno de los
más importantes campeonatos soviéticos: el 39 campeonato de la
URSS (Leningrado, 15 septiembre-18 octubre 1971). La racha sopló a favor
de Savon, que quedó el primero entre los veintiuno de los mejores tableros
soviéticos. Karpov consiguió el cuarto puesto perdiendo dos partidas,
con doce tablas y siete victorias.
En noviembre de este mismo año participa en el gran Torneo Memorial
Alekhine. La capital de Rusia, donde se jugaron las partidas, vio estupefacta
a este joven con cara de niño salir triunfante de uno de los más
importantes torneos mundiales. Participaron los mejores jugadores del momento,
a excepción de Fischer. Entre ellos había cuatro campeones del
mundo. Fue, sin duda, el primer gran éxito de Karpov que no perdió
una sola partida de las diecisiete en litigio. El veterano Stein compartió
con él el primer puesto. Spassky, reservándose quizá para
la defensa del título mundial frente a Fischer, tuvo una pobre y deslucida
actuación. Todos sabían que Karpov era bueno ¡pero tanto!...
Desde entonces quedó consa-grado como uno de los mejores jugadores del
mundo. A caballo entre 1971 y 1972 participa por primera vez en el tradicional
torneo de Hastings (Gran Bretaña) -otro torneo de Grandes Maestros- del
que vuelve a salir campeón empatado con su compatriota Korchnoi. Nuevamente
la sombra de Korcbnoi, con quien sufre la única derrota del omeo, habiendo
ganado ocho~ partidas y cedido seis tablas. Leonard Barden resumió así
su situación: «Anatoli Karpov impresionó en Hastings a muchos
de los observadores como un posible campeón del mundo. Parecía
demasiado joven para formar parte de los dieciséis participantes y demasiado
débil para aguantar un torneo tan largo. Pero su triunfo en Hastings,
recién terminado el duro y arduo torneo Memorial Alekhine, demostró
que su resistencia estaba fuera de lo común». El campeonato soviético
por equipos de 1972 tuvo la peculiaridad interesante de ver a Karpov jugando
en uno de los tableros «senior». En la final de esta Olimpiada soviética
(se le dio carácter de Olimpíada a este campeonato) logró,
en el 2º tablero, 3,5 puntos de cinco posibles, con lo que fue el primer
clasificado. Su equipo (RSFSR) quedó segundo con 34,5 puntos, detrás
de Moscú que totalizó 37,5. En aquellas fechas Karpov va a cumplir
veintiún años. No tiene novia. Su amor es el ajedrez. Nadie lo
ha visto nunca de juerga. No fuma y es abstemio. Su delgado y apasionado rostro
de asceta está dirigido hacia el duro quehacer del ajedrez.
Sustituto de Spassky
En ajedrez, como en la guerra, no pueden los sables oxidarse dentro de las
fundas. Un jugador de la talla de Rubinstein repartía así los
días del año: trescientos los pasaba estudiando y analizando,
sesenta en la práctica de los torneos. Los cinco restantes descansaba.
Desde que Karpov conoció en Leningrado a su preparador Furman, viene
dedicando nueve horas al ajedrez y participa en todos los torneos importantes.
No hay otra opción si se quiere desbancar al rey Fischer, reciente vencedor
de Spassky en Reykiavik. Rusia, que ha perdido a su mejor estrella, encuentra
inmediatamente otra: Karpov, el joven valor de más brillante porvenir,
por encima de otros jóvenes talentos como Tukmakov, Vaganian, Balaschov...
Como reacción a la pérdida del título mundial detentado
por Spassky se organiza en Moscú, del 24 al 29 de abril de 1973, una
gran competición entre los mejores Grandes Maestros soviéticos.
Se forman tres equipos, de diez jugadores cada uno, que jugaron entre sí
a doble vuelta. Los equipos eran: URSS I, con Spassky de primer tablero, URSS
II, con Taimanov al frente, y el equipo juvenil encabezado por Karpov. El resultado
final fue: URSS I, 23 puntos; Juveniles, 18,5 y URSS II, 18. El apretado segundo
puesto que consiguieron los juveniles no fue ninguna sorpresa, especialmente
si tenemos en cuenta el abultado tanteo de Karpov que ganó a Spassky
por 1,5-0,5 y a Taimanov 1,5-0,5.
Interzonal de Leningrado: 2-28 junio 1973
Por primera vez entra en la pista de un campeonato del mundo, con unas enormes
ganas de llegar lejos. Una brisa de emoción nunca experimentada sopla
en sus nervios y en su piel; pero cuando llega a Leningrado el joven Anatoli
juega con su acostumbrada sangre fría y, una vez más, queda el
primero, empatado con Korchnoi, y sin haber perdido una partida. De este modo
se clasifica directamente para el torneo de Candidatos, siguiendo en esto los
pasos de Tal, Spassky y Fischer. Después del esfuerzo del Interzonal,
el campeonato de Europa por equipos, celebrado en Bath (Inglaterra) del 6 al
13 de julio, fue más bien un paseo triunfal en el cuarto tablero, detrás
de Spassky, Petrosian y Korchnoi. Su resultado particular fue de 5 puntos sobre
6 posibles. Su partida con Ribli fue una auténtica obra maestra en el
arte de la estrategia. Interzonal y campeonato de Europa, todo ocurre en menos
de un mes y medio. Evidentemente, este joven delgado y macilento demuestra no
ser de cristal como apuntaban algunos. En el campeonato soviético «Super-Liga»
de este mismo año (Moscú: 2-26 octubre 1973) obtiene el segundo
puesto compartido, después de Spassky. Será la última vez
que Boris Spassky le haga morder el polvo. Es su tercer intento por el título
nacional y sólo pierde frente a Petrosian.
Ocho «Oscar» de ajedrez 1973-1980
En aureola de triunfos terminará el año 1973 ganando el torneo
de Madrid (26 noviembre-14 diciembre) con algunas partidas fuera de serie, especialmente
las que jugó con Andersson y Planinc, mientras que su victoria sobre
Ulhmann le mereció el premio a la mejor partida del torneo. También
se apuntó un premio por el mejor resultado en las cuatro últimas
rondas: 3,5 puntos. Al término del torneo, la Asociación Internacional
de la Prensa de Ajedrez convocó, como todos los años, la votación
de todos sus miembros para la concesión del Oscar al jugador más
destacado en 1973. Poco tuvieron que dudar los críticos en adjudicárselo
a Karpov, a la vista de sus elocuentes y espectaculares actuaciones durante
el año. De este modo el nombre de Karpov se añadió a la
lista del selecto grupo de vencedores en años anteriores. Era la séptima
vez que se otorgaba este premio desde su fundación en el año 1967.
El VIII Oscar, previo escrutinio de los 59 votos recibidos representando a 23
países, es adjudicado también para el soviético Karpov.
El acto, que tuvo lugar en Barcelona, fue presidido por el presidente de la
AIPE. El Oscar Mundial de Ajedrez 1974 estaba constituido por una figurilla
de plata representando la fuente de la Dama del Paraguas, que simboliza Barcelona.
Desde este año, suma y sigue, y en la misma ciudad condal, se le nombra
ganador de todos los Oscar hasta 1980 inclusive. A partir de 1981, y por ser
más limitada su participación en torneos, el trofeo pasa a otras
manos.
Torneo de Candidatos
El torneo de Candidatos constituye, sin duda, la máxima atracción
ajedrecista del año 1974. Al llegar a los cuartos de final, una vez más
se revela la superioridad del ajedrez soviético sobre el resto del mundo.
Spassky, Korchnoi y Petrosian eliminan, sin apelación, a los no rusos
R. Byrne, Mecking y Portisch mientras Karpov deja en la cuneta a su compatriota
Pologaevski. Le ganó tres de las cuatro partidas con blancas e hizo tablas
las que jugó con negras. El resultado fue de 5,5-2,5. Se celebró
en Moscú, del 17 de enero al 5 de febrero. Y llegan las semifinales de
las sorpresas. Korchnoi doblega al superduro Petrosian, que pierde pronto tres
partidas para abandonar definitivamente alegando motivos de salud. Spassky,
por su parte, fue materialmente arrollado jugada a jugada, partida tras partida:
desconcertado ante el rico repertorio de aperturas de su joven contrincante,
paralizado por su estrategia magistral, cogido siempre en las tácticas
agresivas de su joven rival, desmoralizado frente a su múltiple habilidad
defensiva y derrotado por la precisión de relojería en los finales,
Spassky se tambaleó y anduvo vacilante como un pájaro al que hayan
cortado un ala. Karpov jugó a lo campeón. El resultado fue de
7-4 y las partidas se jugaron en Leningrado del 10 de abril al 10 de mayo.
Después de estas semifinales, A. Kotov lo entrevistó acerca de
su match con Spassky: «Mi entrenamiento fue duro al lado de mi entrenador
G. M. Furman. El resultado de 4 a 1 ami favor no refleja con exactitud la relación
de fuerzas. Al parecer, Spassky no se hallaba en su mejor forma y, desde luego,
la táctica que le habíamos preparado lo cogió desprevenido:
una táctica de flexibilidad en la apertura. Habíamos previamente
escogido una serie de posiciones típicas a las que se llega en las aperturas
más diversas; esto me permitió cambiar totalmente el curso de
la apertura en el momento oportuno. En los entrenamientos habíamos llegado
a la conclusión de que Spassky no es amigo de enfrentarse con variantes
inesperadas. Esto me movió a escoger la variante Caro-Kann en la segunda
partida, defensa que nunca había practicado hasta entonces. Spassky quedó
tan sorprendido que me ofreció tablas en la jugada diecisiete. Lo mismo
hizo en la partida cuarta renunciando a la ventaja que suponía para él
jugar con blancas. Esto para mi fue muy jmportante, al eludir el riesgo de jugar
con negras contra el ex-campéón del mundo».
La gran final con Korchnoi
En cinco ocasiones se habían visto frente al tablero Korchnoi y Karpov
con el resultado equilibrado de 2,5-2,5. Ninguno puede, por tanto, considerarse
superior al otro. La verdadera lucha está por venir. En esta final será
vencedor quien primero gane cinco partidas o el que logre mejor puntuación
a veinticuatro partidas. En caso de empate las reglas del juego señalan
por sorteo al campeón. Pero, en vista de la arbitrariedad de este sistema,
los jugadores pueden ponerse de acuerdo en seguir jugando hasta la primera victoria.
El vencedor sería, en ese caso, el aspirante al trono mundial o, en caso
de renuncia de Fischer, proclamarse automáticamente campeón mundial.
El match se celebró en Moscú. A Korchnoi lo acompañaba
su esposa, que es psicóloga, y sus «segundos» Osnos y Djindjiashvili.
Karpov llegaba escoltado por Furman y Geller. Un coche oficial para cada uno
los llevaba cada vez al lugar del encuentro: la Sala de las Columnas, la Sala
Chaikovski y el Club de Escritores. Desde la segunda partida Karpov se puso
al frente del marcador. En la sexta ganó por tiempo (igualmente ganaba)
y limpiamente se sitúa a tres puntos de ventaja en la diecisiete. La
diecinueve es para Korchnoi, que se anota su primer tanto. Inesperadamente el
match se pone al rojo vivo cuando, en la partida veintiuno y con sólo
19 jugadas (la partida más corta que se ha jugado en un match de candidatos)
Karpov comete todos los errores propios de un aficionado: 3-2 y aún quedan
tres partidas por delante. Pero el marcador permaneció inalterado. En
la última partida, después de la jugada 31, y cuando acababa de
perder un peón, Korchnoi esbozó una sonrisa, levantó su
mano y ofreció tablas. El gran economizador de esfuerzos que es Karpov
no tuvo más que aceptar. El árbitro del encuentro Alberic O'Kelly,
con los micrófonos enhiestos proclama, desde la sala Chaikovski de Moscú,
a Anatoli Karpov aspirante oficial al campeonato del mundo.
La salud de Karpov
En el aspecto flsico se le ha considerado con una salud endeble. Externamente,
es verdad, refleja una salud quebradiza, insegura y escasa, pero este rostro
fláccido, casi lampiño, con unos ojos verdes y con un cuerpo frágil
guardan su secreto: «Anatoli es muy fuerte, pese a su apariencia; es una
cualidad de los norteños, pues nació en Zlatoust, en los Urales»,
dijo de él su preparador Furman. «En la quinta hora de juego, tan
temible para los ajedrecistas -comenta Polugaevsky- tampoco da síntomas
de cansancio». Ajedrecistas tan duros como Polugaevski, Spassky y Korchnoi
han martilleado sobre este yunque. Y los tres salieron rebotados. En ocasiones
ha empalmado varios torneos consecutivos: el Interzonal de Leningrado y el campeonato
de Europa los jugó casi sin un respiro de descanso y su salud se sostuvo
no ofreciendo ni una rendija por donde se colara el más leve síntoma
de cansancio. Psicológicamente muestra el mismo temple recio y fuerte.
Es muy consciente del papel importante que juega en este deporte-ciencia el
factor psicológico. Nos lo dice él mismo: «En ajedrez, sobre
todo durante los matches, hoy también son importantes los factores psicológicos:
entenderse a sí mismo, descubrir las fisuras en la coraza del adversario,
aprender a servirse de sus conocimientos tanto como de los propios en las situaciones
concretas que surgen sobre el tablero. De cuando en cuando hay que saber renunciar
a la continuación más fuerte, para empujar a nuestro rival hacia
posiciones en las que se halle incómodo. Cuanto más avanzamos,
más va pesando en la balanza esta habilidad, este aspecto psicológico».
A las nuevas generaciones aconseja intrepidez y valentía «La pirámide
del ajedrez soviético es gigantesca, y su base la constituyen las numerosas
competiciones organizadas para pioneros y escolares en todo el territorio de
la Unión. En nuestro país se estudia ya el ajedrez como una ciencia
y un arte. Acaso convenga hacer mayor hincapié en su tercera faceta no
sólo ciencia y arte, sino también... deporte. Esto significa que,
además de instruir a nuestros muchachos en la «visión del
tablero» y el cálculo de variantes, hemos de inculcarles otras
muchas cualidades: valentía, decisión, tenacidad, diligencia...
Así, cuando les llegue la hora de medirse con los más fuertes
ajedrecistas del mundo, la patria podrá confiar en ellos y sentirse orgullosa».
Su frágil figura, como se ve, esconde un gigante incansable en el trabajo
y la lucha: «Por lo que a mí respecta... ya me he acostumbrado
a trabajar mucho, y ello me hace vivir alegre. He de prepararme, pues mañana
estaré de nuevo en la brecha». Se crece ante las dificultades:
«...las derrotas me hacen a veces reaccionar con fuerza. En lugar de quitarme
los ánimos, me los levantan y excitan mi furia deportiva». Después
de perder en la 6ª partida del match de Merano reacciona sin inmutarse:
«...este revés no me desanimó en absoluto. El juego es el
juego. Mi adversario era fuerte y yo no estaba vacunado contra la derrota. Sólo
importaba que sus victorias fueran menos que las mías» (en realidad,
el marcador señalaba 3-1 a su favor).
El estilo
No tiene Karpov un estilo a lo Tal (el jugador más espectacular de todos
los tiempos) quien, al decir de Gligoric, «siempre había aprobado
con éxi-to sus exámenes en la asignaturas de ataque, combinación
o sacrificios». Algo trepidaba en su cerebro, en su alma y basta en sus
ojo; cuando componía combinaciones asombrosas. El juego de Karpov, en
cambio, es nítido y claro como el de Capablanca. Su cálculo roza
la exactitud matemática. No, por eso, es un jugador «programado».
Las ideas, los planes que surgen dentro de este jugador, libres y flotantes,
buscan siempre la perfección del juego que nunca pierde. «Un Petrosian
mejorado -ha dicho de él Spassky-, uno que trata de no perder, pero que
busca la victoria sin riesgos». «Si a Tal -escribe el mismo Karpov-
que llegó a ser campeón del mundo, le bastaba con embrollar a
sus adversarios y aturdirlos con sacrificios en serie (Petrosian también
sabía combinar, pero reprimía sus ímpetus, ateniéndose
a un juego puramente posicional) esto no es ahora suficiente para obtener grandes
éxitos. Hoy todo hay que hacerlo equilibradamente bien (sin manifestar
graves deficiencias) y destacarse, además, en alguna que otra cosa».
Matulovic quedó impresionado de su juego «brillante en el estilo
de Capablanca y de Fischer». Sin duda, su mejor espejo sea el Capablanca
del que decía Lasker: «No es amante de complicaciones ni aventuras.
Su profundidad no es la de un poeta sino la de un matemático; su espíritu
es el de un romano, no el de un griego». Al hablar de su propia vida comenta
él mismo: «Precisamente hace poco me ha venido el deseo de repasar
a fondo a Capablanca. Claro está que conozco todas sus partidas pero
esto se remonta a mucho tiempo atrás: con él aprendí a
jugar al ajedrez, y desde entonces no he vuelto a recorrer su obra con detalle.
Ahora quiero seguir sistemáticamente el camino que él siguió,
estudiar su vida y sus creaciones, entender con el tablero delante el cómo
y el porqué de la evolución de sus ideas y puntos de vista».
Para llegar a campeón del mundo no basta solamente el talento o el genio,
por mucha importancia que éste tenga. Es preciso, además, un estudio
y capacidad de trabajo que no está al alcance de todos. En Karpov se
reúnen el genio y el estudio en tales proporciones que, hacen de él
un jugador excepcional de todos los tiempos. Cuando no participa en torneos,
su preparación alcanza las nueve horas al día y esto, unido a
que a su lado está lo más selecto de la escuela rusa, tiene que
producir resultados también excepcionales sino únicos. No es raro,
por lo tanto, que Karpov posea un dominio de la teoría prácticamente
insuperable. Rara vez invierte más de cinco o diez minutos para sus primeras
quince jugadas y casi siempre consigue ventaja en la apertura cuando juega con
blancas.
Un Gran Maestro no puede siempre decidir cómo va a jugar en una posición
determinada, sino que ello depende de ciertos factores que intervienen en dicha
posición; por ello, aunque el estilo de Karpov no es dado a aventurarse
en posiciones poco claras, algunas veces se ve frente a estas circunstancias.
En la apertura, sin embargo, es posible elegir la posición a la que en
breve se va a llegar; de ahí que sus aperturas favoritas sean las que
conducen a un juego tranquilo, al menos en las primeras jugadas. Por lo que
se refiere a la apertura, Karpov tiene un conocimiento muy profundo y extenso.
Esto le permite jugar toda clase de aperturas y así lo hemos visto jugar
complicadas sicilianas o sorprender a Spassky con la supersegura defensa Caro-Kann.
Esto no quiere decir que no tenga su preferencia por alguna y que, por tanto,
conozca mejor. Con blancas, por ejemplo, juega normalmente 1. e4 que es, sin
duda, su favorita. Ultimamente ha enriquecido su gama de aperturas jugando con
más frecuencia que en los primeros tiempos las aperturas cerradas. Cuando
conduce las negras se hace todavía más notorio su juego tranquilo,
aunque con la paciencia del que caza al acecho, en espera del momento oportuno
para el asalto mortal. Sus armas favoritas son en este caso la variante Paulsen
de la defensa siciliana y la variante Breyer de la Española, incluso
ha utilizado bastante la Defensa Petrov; contra las aperturas cerradas prefiere
la Ninzoindia y la Defensa india de dama. Esto no supone, desde luego, una total
sumisión a estas lineas, ya que, como hemos insinuado, el estudio de
Karpov es tan amplio que le permite en ocasiones esquivar la preparación
de sus adversarios empleando aperturas que no practica tan a menudo. Así,
contra 1. e4 dio una sorpresa a Spassky al utilizar la defensa Caro-Kann en
su match de 1974. En algunas ocasiones ha jugado la variante Najdorf de la defensa
siciliana, incluso la linea favorita de Fischer del «peón envenenado».
También contra 1. d4 ha jugado últimamente con más frecuencia
la variante Tartakower del gambito de dama, sobre todo en sus encuentros con
Korcbnoi y Kasparov. En resumen, podemos afirmar que no intenta ganar fulgurantemente
en la apertura sino que trata de desarrollar lo mejor posible las piezas y evita
las tempranas complicaciones, sobre todo cuando los resultados no son claros.
Sús aperturas no son esencialmente agresivas sino seguras y trata de
obtener alguna ventaja, aunque sea pequeña, con eso normalmente tiene
suficiente para poner en aprietos a su adversario. Hasta cierto punto, dominar
sobre el terreno de la apertura puede ser cosa de memoria y buenos maestros.
El medio juego, humeante de combinaciones, ya es otro cantar, pues el ajedrecista
debe mostrar su talento creador y tener, además, recursos suficientes
para llevar a feliz término las ideas concebidas. Aquí es donde
precisamente Karpov lanza la flor y nata de su rica inventiva y una habilidad
técnica fuera de serie para realizarla, jugando con una precisión
impecable, sin dar ninguna oportunidad al adversario. Comentando su 8ª
partida del match de Baguío (1978) contra Korchnoi escribe: «A
veces me acuso ami mismo de aridez, racionalidad y prudencia. No cabe duda que
soy práctico y mi juego se basa primordialmente en la técnica.
Procuro adoptar lineas "correctas" y nunca arriesgo tanto como, por
ejemplo, B. Larsen. Con las blancas me esfuerzo, como todos, por obtener ventaja
desde las primeras jugadas, y con las negras intento equilibrar cuanto antes
la posición. Aún así, entre varias posibilidades no me
atengo ni mucho menos a lo más sencillo, sino a lo más congruente
con las exigencias del momento. Cuando dispongo de algunas continuaciones más
o menos parecidas, mi elección depende sobre todo del adversario. Por
ejemplo, con M. Tal prefiero ir a posiciones sencillas, en desacuerdo de sus
gustos y creatividad, mientras que con Petrosian trato de complicar el juego.
Pero si sólo veo una linea correcta, ésta es la que escojo.
En los finales, donde se requiere una precisión de relojería,
hay que convenir en que nadie ha tocado la perfección (Capablanca casi
la rozó), pues no basta el talento sino que también hace falta
mucha experiencia. Como hace notar Kotov «hay una ley no escrita según
la cual el dominio perfecto de la técnica de los finales es una condición
indispensable para llegar a ser campeón del mundo». En su libro
Alekhine, después de seña-lar la intensa preparación que
en este sentido tuvo que realizar Alekhine para superar a Capablanca, afirma
que hacia 1927 estaba tan preparado que dominaba la técnica finalística
«con perfección y brillantez». A Karpov se le ha comparado
con Capablanca en los finales de partida. Hacia ellos orienta la lucha sin pensar
que ésta pueda resolverse a las primeras de cambio en unas pacíficas
tablas «magistrales». En esto choca con la vieja escuela rusa que
trataba de especializarse en la apertura y acordar unas tablas en el momento
en que perdían la iniciativa. «Nada más dificil en ajedrez
que ganar una partida ganada», decía E. Lasker, antiguo campeón
del mundo. Partidas teóricamente ganadas hay que demostrar que se ganan
también en la práctica. Sin una vacilación, sin equivocarse
una sola vez. También en esto Karpov ha demostrado su clase. Es capaz
de valorar y aprovechar la más ligera ventaja hasta rematar en un final
soberbio y sin apelación. Una bella exhibición es la partida con
Korchnoi en el torneo Memorial Alekhine (Moscú, 1971) y algunas del reciente
match con Kasparov (Moscú, 1984-85). Spassky define a Karpov como un
«Petrosian mejorado». Y esto requiere una aclaración. El
juego de Petrosian se basa principalmente en destruir el del contrario. Más
que idear y crear planes propios hay que aplastar los ajenos. No importa la
belleza de las jugadas. Se trata de disminuir las fuerzas del otro. Afortunadamente
para el ajedrez, el juego de Karpov se ve iluminado con la visión del
que inventa nuevas situaciones, conduciendo armoniosamente las piezas y rematando
las partidas en auténticas obras de arte. Mejora a Petrosian, pionero
de la escuela conservadora (« negativa», según algunos) inventando
réplicas positivas, buscando puntos de fricción, poniendo, en
suma, calor imaginativo sobre el frío mosaico del tablero. Y coincide
con él en su predilección por lo seguro, ganar sin riesgos. No
es amigo de ofensivas complicadas sino seguras, bien atrincherado desde una
posición inquebrantable. Esto, sin embargo, debe entenderse «cum
mica salis», ya que el mismo Karpov ha dicho después de su triunfo
en Bagulo: «...creo que mi estilo ha experimentado últimamente
algunos cambios». A pesar de todo bien puede quedar para la historia la
definición que de su estilo dio su maestro Furman: «Se trata de
un juego clásico por el que Karpov siente especial inclinación».
CAMPEÓN DEL MUNDO
1975: el día 3 de abril los medios de comunicación del mundo
entero lanzan la noticia «bomba» de que Bobby Fischer es desposeído
del titulo por la FIDE al negarse a defenderlo. Karpov, en su lugar, es proclamado
por primera vez flamente campeón del mundo. Este modo insólito
de con-seguirlo no empaña la trayectoria impecable que tuvo que seguir
hasta llegar a los umbrales del cetro mundial, después de acreditar que
era el mejor jugador de los dos últimos años. Tenía razón
cuando dijo: «Yo me he preparado para disputar a Fischer el encuentro,
queriéndome enfrentar a él a toda costa, incluso aceptando las
duras condiciones que propuso, pero el gran maestro norteamericano no estaba
dispuesto ni preparado para esta competición. Él conoce, sin duda
alguna, las razones de su falta de preparación». Con toda justicia
escribió al doctor Euwe: «He superado a los mejores jugadores mundiales,
después de más de 60 partidas, para llegar a este puesto. Yo espero,
señor presidente de la FIDE, que mis derechos hoy reconocidos serán
debidamente respetados».
Baguío, 1978
El encuentro en Baguío, como cualquier match para el campeonato del
mundo, exigió de Karpov la concentración de todas sus fuerzas
fisicas y morales. Frente al tablero un adversario dificil: Víctor Korchnoi,
viejo rival, jugador fluerte, amante de variantes complicadas y poco claras,
pero que en esta ocasión sorprendió al propio Karpov obteniendo
ventaja en las posiciones técnicas y sencillas y le iba peor en las complicadas.
El match tuvo una duración de 93 días con 32 partidas jugadas.
El marcador llegó a ponerse en un 5-1 favorable a Karpov. Parecía
todo decidido cuando inesperadamente pierde las partidas 28, 29 y 31. Recordando
esta situación crítica escribe Karpov: «Habían transcurrido
ya más de tres meses desde el principio del match, a los que se añadían
cinco de preparación en los que habíamos trabajado sin concedernos
prácticamente ningún reposo. En suma, llevábamos ocho meses
y medio con la vista fija en el tablero, en sus casillas, en sus piezas...,
y yo, como es natural, me sentía cansado. De nuevo debía confiar
en mis propias energías para llegar fresco al juego. Rememorando la historia
de mis encuentros con el aspirante (más de 60 partidas en total), adquirí
la certeza de que podía derrotarle, pues en los momentos críticos
siempre había logrado hallar continuaciones que agudizaran la lucha».
Korchnoi quiso sentirse con ínfulas de agorero y, después de la
partida 29, vaticinó por televisión que ganaría el match.
Karpov, sin embargo, va a convertirlo en falso profeta, abordando la partida
32 con entereza de ánimo, dispuesto a librar la última y decisiva
batalla. Gana la partida y el match. Resultado final: 6-5.
Metano, 1981
No todo va a ser exclusivamente ajedrez en la vida de un ajedrecista. Entre
Bagulo y M erano, tres años de intervalo, acontecimientos alegres y otros
tristes se cruzan con el campeón Anatoli Karpov: poco tiempo después
de regresar de Baguio se casa con Iritis Kuimova, a la que había conocido
en uno de los campeonatos juveniles. En la primavera de 1979 muere su padre,
su primer maestro de ajedrez. En noviembre del mismo año nace su hijo
Anatoli, quien contará cerca de dos años cuando su padre parta
para M erano. En estos años comienza su colaboración con la Universidad
en la cátedra de Economía politica bajo la dirección del
profesor Volkov. Es nombrado redactor jefe de la revista 64-Shakh-matnoe obozrenie.
Entra a formar parte del Partido Comunista de la Unión Soviética,
lo que él considera como un acontecimiento soleihe. Y, con todo esto,
tiene que prepararse para el encuentro cercano en el que, una vez más,
tendrá que defender su titulo de campeón del mundo.
El triunfador en el Torneo de Candidatos vuelve a ser Korchnoi, quien, por lo
tanto, deberá nuevamente enfrentarse con Karpov. Los especialistas empezaron
a lanzar pronósticos, y todos a favor del titular. El danés Bent
Larsen vaticinó, incluso, el resultado: 6-2. Y acertó, aunque
se equivocó en el número de partidas: pronosticó que serían
22 y fueron sólo 18. El match duró 50 días.
Moscú, 1984-1985
El 10 de septiembre de 1984 se inicia el duelo por el título mundial
entre Karpov y Kasparov, el genial ruso-birmano de 21 años, quien con
un 5-0 en su contra (el ganador sería quien primero llegara a 6 puntos)
fue remontando la contienda hasta un 5-3 después de 48 partidas. En este
momento, cuando ya se llevaban cinco meses de lucha y Karpov parecía
psíquica y físicamente cansado, se interrumpe y anula, de un modo
insólito en la historia del ajedrez, el Campeonato Mundial entre Anatoli
Karpov (33 años y Garri Kasparov 21). Era el 15 de febrero de 1985. El
presidente de la FIDE, Florencio Campomanes (Filipinas) fue el autor de semejante
decisión que pasará a la historia del ajedrez. El duelo se reanudaría
el 1 de septiembre del mismo año, poniendo el marcador en cero y a un
máximo de 24 partidas. La razón oficial de la suspensión
fue «la excesiva duración del enfrentamiento que ha llegado a agotar
física y psico-lógicamente a los dos jugadores». Se habían
producido 1655 jugadas con una duración de 200 horas de juego, en un
espacio de cinco meses. Karpov ganó la 3,6,7, 9 y 27. Kasparov se anotó
la victoria en la 32, 47 y 48. Seis veces pidió tiempo de descanso Kasparov
por cinco Karpov. Se produjeron, además, cinco suspensiones: el 67º
Aniversario de la Revolución de octubre (7 noviembre), remodelación
de la Academia de Medicina de la URSS (14 diciembre), muerte del mariscal Ustinov
(21 diciembre), Conferencia Sindical (25 enero 1985) y cambio de escenario (de
la Casa de las Columnas al Hotel Sport, del 1 de febrero al 4 de febrero).
Moscú, 1985
El 3 de septiembre de 1985 tienen lugar, en la sala de conciertos Chaikosvki
de Moscú, las partidas del 30º Campeonato mundial de ajedrez entre
Karpov y Kasparov. Parece como si el escenario de tantos actos artísticos
musicales inspirara a ambos contendientes, que ofrecieron a millones de aficionados
un nivel de calidad técnica dificilmente igualable en la historia de
los campeonatos mundiales. Rara vez concluyen las partidas en unas rápidas
y tranquilas tablas; al contrario, ambos jugadores brindan bellas y sorprendentes
jugadas que provocan una gran excitación en las mil quinientas personas
que se reúnen para presenciar el encuentro. En varias ocasiones los árbitros
tuvieron que bajar del escenario a imponer silencio entre los espectadores y
apaciguar los ánimos. El presidente de la FIDE, Florencio Campomanes,
aseguró que «la presente final tiene una difusión superior
a la del legendario encuentro de 1972 entre Fischer y Spassky». La primera
partida termina en victoria para el aspirante. Pero Karpov iguala en la cuarta
que es acogida con una gran ovación al campeón, mientras Kasparov
con la mirada clavada en el suelo y cara de pocos amigos se retira de la sala.
Nueva victoria de Karpov en el quinto juego, donde hace alarde de una precisión
de computadora como en sus mejores momentos. Pierde la undécima ante
un Kasparov luchador y combinativo que levanta a sus seguidores de los asientos
y le despiden con los gritos de «Garri», «Garri»: «Parece
mentira -comentó el Gran Maestro Gufeld-. Uno de los mayores errores
de Karpov en su carrera». Nueva y humillante derrota del campeón
en la partida 16, que pone el marcador en 8'/z-7'/2 a favor del aspirante. El
triunfo sonado y rotundo de Kasparov en la partida 19ª deja a Karpov con
la desventaja de dos puntos cuando sólo quedan cinco partidas para finalizar
el campeonato, que esta vez se juega a 24 partidas. La 20ª, con ocho horas
y media de duración y 85 jugadas en las que por todos los medios Karpov
busca amarrar un punto que acorte distancias, finaliza en tablas. La partida
21ª termina también en tablas en una posición aplazada y
claramente desventajosa para Karpov. En veintiuna partidas el campeón
sólo ha conseguido dos victorias; y debe conseguir dos más en
sólo tres partidas y hacer tablas en una de ellas, ya que en caso de
empate final retiene nuevamente el título. Misión casi imposible.
Pero aquí resurge el Karpov de los mejores tiempos ganando la 22ª
con un estilo impecable, ante los rostros atónitos de los seguidores
de Kasparov, que temen lo peor a falta de dos partidas. El aspirante gana por
un punto pero la ventaja psicológica juega ahora de parte del campeón.
Karpov necesita ganar la partida 24ª. La sala de conciertos Chaikovski
vibra con sus notas más altas de emoción. A pesar de los rugidos
de sus incondicionales, ambos jugadores saludan a su público con aparente
tranquilidad, como actores veteranos controlando los nervios. Karpov tiene enfrente
a dos enemigos: la responsabilidad de ganar y un poderoso rival llamado Kasparov
en uno de los días cruciales de su vida. Demasiado peso para un ánimo
psicológicamente «tocado». Y sucumbe anunciando su rendición
en la jugada 42. Después de diez años de reinado el rey Karpov
cae destronado y entrega la corona a Kasparov, el campeón mundial más
joven de toda la historia del ajedrez. Como consuelo le queda la revancha que
podrá jugar en el término de seis meses.