El
nombre de las piezas
Chaturanga en el idioma de su país de origen
significa “cuatro miembros”. En el ejército de la India eran esos cuatro miembros
carros de combate, los elefantes, la caballeria y la infantería. Vemos
la similitud con las torres, alfiles, caballos y peones de la actualidad. Posiblemente,
los nombres actuales de las piezas proceden de voces arábigo-persas corruptas.
De hecho, podemos afirmar hoy que, salvo los nombres de muy fácil traducción,
como caballo, rey o peón, los demás son expresiones que ya eran corrupciones
del sánscrito cuando las adoptaron los persas.
Nuestro famoso erudito Souterus compara las
voces de jaque y mate, con mucho criterio con "xa" y "mat",
"el rey está muerto", de los babilonios que se presupone que de ahí
pasó a los persas y de Persia a Occidente.
Las labores detectivescas para averiguar de
dónde sale la palabra "alfil" nos llevan hacia el "hasti",
del sánscrito, a "pil", en persa, y "fil", "elefante"
en árabe. Si anteponemos el artículo árabe "al" queda al descubierto
su transformación al castellano.
La llegada a Europa
No sabemos con precisión cuándo, pero seguramente
antes del siglo XI ya se encontraba difundido en buena parte de Europa. Durante
mucho tiempo se insistió en torno de la posibilidad de que los francos del Imperio
carolingio ya lo conocieran o lo practicaran, aunque nada hay de seguro en ello,
con la excepción del juego que supuestamente el califa Harum Al Raschid habría
enviado como presente al soberano junto con otros regalos, como parte de un
plan de buenas relaciones entre ambos jefes.
Las piezas de ese juego se hallaban originalmente
en la abadía de Saint Dennis. En la historia de dicha abadía, compuesta por
Jacques Doublet y publicada en 1625, se hace referencia a su extravío por muchos
años. Las piezas están grabadas, en su base, con caracteres árabes. Twiss, quien
vio el juego en 1787, dice que para esa fecha había en la abadía quince piezas
mayores y un peón, todas de marfil. La tesis de más confianza supone que se
trata de la obra de un griego oriundo de Constantinopla.
El juego incluye entre sus piezas una figura
femenina, por lo que de ningún modo pudo haber sido elaborado por un musulmán,
no sólo porque éstos nunca tuvieron esa pieza, sino porque los árabes tienen
prohibida la representación de figuras, ya humanas, ya animales. El envío se
produjo poco después de la coronación de Carlomagno -en la Navidad del año 800-
y pudo tratarse de un regalo para su boda con Irene, la emperatriz de Bizancio
(actual Estambul, en Turquía), que nunca se realizó. Forbes opina que la dama,
como pieza de ajedrez, llega a Occidente con el juego que Carlomagno recibiera
como obsequio.
Philidor ya sabía, en 1749, que el ajedrez
guardado en la abadía de Saint Dennis había pertenecido al más grande emperador
de los francos. Éste sería el tablero más antiguo ingresado en Occidente, pero
existen otros, corroborados por referencias comprobables, como el testamento
del conde de Urgel, quien legó al convento de dicha ciudad catalana, en el año
1010, su tablero con todas las piezas, según lo certifica un documento que se
conserva en la actualidad en el Archivo Histórico de la Corona de Aragón.
Tal vez uno de los documentos más importantes
sea el del rey Martín El Humano, de 1410, en el que se encuentran tres carillas
dedicadas a tableros y piezas de ajedrez de distintos materiales. Casi se puede
decir que este rey fue un coleccionista en lo que a juegos de ajedrez
respecta.
Ya pasada la primera mitad del siglo XI, el
documento que más nos interesa es la valiosísima carta de Damiani, arzobispo
de Ostia, quien en 1061 escribió al Papa Alejandro II dándole cuenta del castigo
que había impuesto a un prelado de su diócesis que se entretenía jugando
al ajedrez. De esto deducimos que para esa fecha el juego de los escaques había
prendido entre la clerecía y se hallaba ampliamente difundido en el mundo
medieval.
Sin embargo, la conciencia ajedrecística tardó
bastante en germinar en las mentes medievales. Prueba de ello es que la bibliografía,
en lo que específicamente hace al juego, es escueta. En su mayoría se trata
de composiciones de carácter literario; poemas épicos en francés antiguo, en
alemán, en anglosajón u otros idiomas, en los que se da cuenta del carácter
extremadamente bélico que los medievales dieron a este juego, mucho más todavía
que los árabes. De hecho, el ajedrez era, en España y en otros países del occidente
medieval cristiano, una de las disciplinas que debía cultivar el futuro caballero,
junto con los deportes ecuestres, la caza y la buena lectura (como las Sagradas
Escrituras).
La segunda gran incorporación es el escaqueado;
vale decir la alternancia de casillas claras y oscuras, o claras y rojas o rojas
y negras, que si no cambia radicalmente el juego torna obsoletas algunas prácticas
musulmanas, a la vez que crea alfiles de colores distintos en ambos bandos,
los que no existían hasta su introducción.
¿Cuándo el tablero dejó de ser unicolor y
pasó a ser escaqueado o ajedrezado? Tenemos una precisa alusión en una composición
lírica del año 1100, aproximadamente, procedente del Sacro Imperio Romano Germánico,
que se titula Einsiedeln Poem y que afirma que el tablero nuevo simplifica el
cálculo de los movimientos, permite descubrir errores o movimientos falsos
y ayuda a determinar si un peón tiene posibilidades de coronar o no (recordemos
que éste era, precisamente, uno de los temas que más preocupaban a los
teóricos árabes).