Según cuentan las crónicas, Carlomagno,
el emperador de los francos, se enteró de que su esposa andaba en amores
con el joven Garin de Monglane y no se le ocurre otra cosa para deshacerse
de él que retarle a una partida de ajedrez con unas condiciones curiosas:
si ganaba Garin, se llevaría la esposa y la corona; si perdía,
perdería la cabeza.
La partida se desarrolla con gran expectación. Los nobles,
obviamente, apoyan al emperador, mientras que los partidarios de Garin
son sus paisanos.
Al principio va ganando Carlomagno,
pero Garin se recupera, capturando con su alfil un caballo de su rival.
El emperador se enfada y da un puñetazo al tablero. Los espectadores
se interponen para evitar la inminente pelea entre ambos.
Al poco, se reanuda la partida, que nuevo favorece a Carlomagno,
ganando un alfil y en la jugada siguiente una torre. Tanta pasión había
en el ambiente que, llegados a este punto, se produce una gran pelea entre los
espectadores. De nuevo se detiene la partida hasta que se calman los nervios.
Al reiniciarla, Carlomagno vuelve
atrás una jugada al perder un caballo. De nada le sirve porque Garin,
repuesto tras la impresión por la trampa de su adversario, logra un ataque
decisivo de mate.
Antes de que el emperador dijera nada, Garin se levanta
y ante el asombro de todos perdona a su rival y da por suspendida la partida.
Carlomagno le ofrece cualquier recompensa,
pero él reclama únicamente un castillo que se le había
arrebatado injustamente.
Así es como se cuenta en una canción de gesta
del Siglo XIII.
Cuando a finales de la Edad Media surgen las apuestas regulares
de dinero es cuando se hacen necesarias las precisiones previas sobre las reglas
del juego.
Entre éstas una de las más importantes era, claro
está, la de pieza tocada, pieza jugada.
Hoy en día, si la pieza se toca no para jugarla, sino
para centrarla en su casilla, debe decirse en voz alta la palabra "compongo".
La expresión que se utilizaba antiguamente era "enderézote".
Del cronista oficial de los Reyes Católicos, Hernando
del Pulgar, personaje peculiar e ingenioso, es la siguiente anécdota:
"Estando el Rey Don Fernando
y la Reina Doña Isabel en su huerto, con muchos
caballeros y damas, a par de una higuera, que tenía pocos higos maduros,
que eran los más aneblados (secos); a todos los caballeros que entraban
en el huerto les era mandado que cortasen un higo de aquella higuera y le comiesen;
con tanto, que el que una vez tocasen, tal cual fuese, le habían de comer,
sin escoger otro. Como eran pocos los buenos y muchos los aneblados, los más
se hallaban burlados. Entró Hernando del Pulgar, cronista del rey, y
dijéronle que cogiese el higo y la condición. Puso la mano en
uno, pareciéndole que era bueno, y como le halló aneblado, jugó
otra pieza, diciendo: enderézote."
También de Hernando del Pulgar es la que cuenta que
habiendo sido recriminado por la reina Isabel por
haber adjudicado sólo al rey Fernando un logro
alcanzado por los dos monarcas, el cronista escribió, con motivo del
nacimiento de la infanta doña Juana: En tal
día y a tal hora "parieron sus magestades".
De "Carlomagno, el tramposo".
Ricardo Calvo.